‘Carlos Fuentes era un señor divertido, muy simpático y muy mujeriego’

Gabriela Herrera Gómez/ El Tiempo

Hoy amaneció enojado mi padre”. La primera noche que Cecilia Fuentes durmió en Bogotá soñó con él. Fue más bien una pesadilla, recuerda, porque la estaba regañando. No sabe por qué. Era su contextura aunque llevaba el peinado de García Márquez. “Se me cruzaron los dos y parecían uno solo”, señala.

De niña, durante los viajes de sus padres, nuestro premio nobel de literatura fue su niñera. La familia García Márquez la cuidaba con juegos, consejos y hasta una dieta a base de baguettes con mantequilla. Y es que Cecilia siempre se rodeó de los amigos de sus padres: el mexicano Carlos Fuentes, uno de los grandes escritores latinoamericanos de todos los tiempos –autor de obras como Aura y La muerte de Artemio Cruz–, y su madre, una de las actrices más reconocidas de la época dorada del cine mexicano, Rita Macedo.

Los artistas estuvieron juntos de 1957 a 1969 hasta que rompieron de manera tormentosa por las infidelidades del escritor. Cecilia fue la única hija de ese matrimonio y se dedicó a cuidar a su madre toda la vida hasta que ella decidió acabar con su vida brutalmente.

El 5 de diciembre de 1993, Rita Macedo caminó hasta el estacionamiento de su casa de San Ángel en la Ciudad de México y se disparó en el paladar con una pistola calibre 25. La profunda depresión y soledad que sintió desde niña la llevaron a tomar la decisión de quitarse la vida. Poco después de la noticia, Cecilia decidió recopilar las memorias que su madre había dejado.

Cecilia Fuentes nació el 7 de agosto de 1962, estudió dibujo y fotografía en California, Comunicaciones en el New York Institute of Technology y trabajó muchos años en instituciones como la ONU, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y Televisa. No obstante, su primer trabajo fue transcribir los manuscritos de su padre y, el más reciente, publicar las memorias de su madre.

El resultado de ese trabajo fue Mujer en papel  (2020), un libro que no solo recoge la vida de una mujer que se relacionó con los mayores artistas mexicanos del siglo XX, retrata la cotidianidad de un periodo de valor histórico para Latinoamérica y revela un registro inédito personal de la vida privada del escritor, sino que es la historia de una mujer con profundos abandonos que luchó toda la vida para encontrar el amor. Y aunque en vida no alcanzó a saberlo, finalmente lo consiguió en el corazón de su hija, Cecilia.

Lo primero que hizo Cecilia en Bogotá fue comer una arepa y comprar un café colombiano en un OXXO. Le encanta viajar y siempre tiene historias de las desgracias que le ocurren. Dice que no le importa mucho lo que piensen de ella pues toda la vida le ha importado. Lo único que quisiera es vivir en Canadá y viajar más. Y tener más tiempo con sus padres. “Un ratito nada más”, dice. Hablamos con ella durante su visita a Bogotá en la Feria del Libro.

Hace treinta años su madre se suicidó y usted aventó todas sus memorias furiosamente. Luego logró recogerlas y empezar este proyecto. ¿Por qué se molestó tanto?

No me molestó que se muriera. Yo creo que sí tú no pides venir a este mundo y quieres irte, deberían permitirlo. ¿Por qué tienes que estar aquí cuando ya no quieres? Pero bueno, mi mamá era muy dramática en su forma de actuar entonces era el final perfecto para ella. No me la imagino de viejita enferma, fregada y cansada. Lo que me molestó fue que aunque ella y yo teníamos una relación enfermiza, eramos muy unidas y nunca nos ocultamos nada ni nos mentíamos. El día que ella murió, mi hermano me avisó antes: “Oye, anda con una pistola diciendo que ya se va a morir. Vete a la casa corriendo”. Yo llegué y traté de hacer de todo pero no logré convencerla así que lo único que me quedó fue decirle: “yo te quiero mucho. Espérate una hora a que regrese de la oficina y platicamos”. Nunca me había dicho una mentira pero esta vez me respondió con una. “Sí, me voy a poner a tejer, a escribir, a hacer mis cosas y aquí te espero una hora”, dijo. En lo que yo caminé a Televisa –que eran cien o doscientos metros– entró una llamada. Fue como si apenas yo hubiese salido, enseguida salió con su pistola al coche y se mató ahí. Me enojé mucho porque me mintió, no porque se muriera. Eso me ha perseguido todo este tiempo. Nunca me dijo una mentira y tenía que hacerlo esa vez. Pero al mismo tiempo yo ya no podía cuidarla. Habría tenido que amarrarme un pie a ella para estar ahí. Me asombra cuando pienso en que ya tengo 60 años, y ella tenía 68 cuando se suicidó. Ya casi llego a su edad, qué horror.

Hábleme de esta relación enfermiza y unida con ella.

Era una relación muy muy fuerte. Mi mamá abandonó a sus hijos (Julissa y Luis) cuando tenían un año y medio y nueve meses pero cuando llegué, la hija del hombre que ella adoraba, fui la consentida. Nunca me soltaba. Andaba conmigo para arriba y para abajo. Tuve una mamá muy cariñosa, algo que mis hermanos no entienden siquiera. También estaba muy obsesionada conmigo. Me quería como si yo fuera mi papá. Desde que mi papá se fue, me decía: “tú eres el hombre de la casa ahora y me tienes que cuidar”. Yo crecí siempre con angustia de tener que cuidarla y me dediqué a eso. Yo estaría en Estados Unidos dando clases si no fuera porque mi mamá me hizo el drama y me decía: “¿quien va a estar conmigo?”. Teníamos una relación muy bonita y muy fea. Nos la pasábamos gritandonos, insultándonos, y en las noches abrazaditas. Una relación muy enferma pero bonita, creo.

Usted ha dicho que fue consciente de la fama de sus padres en el colegio: su madre era muy famosa por la televisión y a su padre lo reconocieron cuando sus compañeros tuvieron que leer Aura.

Sí, yo estaba en el Liceo Francés y estaba llegando a la preparatoria. Tenía que elegir una sección y a mí me obligaron a ir a Filosofía y Letras pero a mí no me gustaba. Tuve que sufrir con Madame Bovary y echarme un año con Flaubert. En esas, nos pusieron a leer a Carlos Fuentes. Entonces todo el mundo se dio cuenta que yo era su hija y me preguntaban de qué trataba y yo tampoco entendía nada. Entonces decidí llamar a papá. “Oye, nos dejaron a Aura de tarea, ya lo leímos todos y no entendimos nada. ¿De qué se trata?”, le pregunté. “De lo que tú quieras”, me respondió, se despidió y cortó. Yo tenía 13 años, no entendía nada.

Nunca le gustó leer a su padre de niña.

Y de grande tampoco. No es mi tipo de lectura. A mí me gustan solamente los thrillers y los asesinatos. Esa es mi diversión y de hecho fue gracias a mi papá. Él me regalaba libros de monstruos, de Agatha Christie, historias de terror… el primer libro que me regaló fue Ghost story, y ya más serios fue El conde de montecristo o puros cuentos que le habían gustado de terror. Yo siempre he creído que él tenía que haber sido un escritor de terror en lugar de meterse tanto en política.

¿Y cómo fue eso de que usted trabajaba para él?

Yo creo que para que lo conociera y lo leyera, él decidió que me iba a pagar –y muy bien– para que yo le pasara en limpio sus libros, desde El espejo enterrado hasta el último que escribió antes de morir. Me pasaba los manuscritos. Al principio era a máquina, pero a medida que fue perdiendo la movilidad de los dedos, pues escribiendo. Siempre acabé leyendo sus cosas. Si le quitabas lo político, sus historias me gustaban pero cuando le metía todo el rollo, me perdía. Así era mi relación con él.

Usted ha dicho que él la consideraba ‘bruta’. ¿Por qué?

Porque no hablaba de nada conmigo. Siempre me contaba lo mismo cada vez que nos veíamos y eso era cuatro veces al año. Cuando era más chiquita,hasta los 18 años, creo que nos veíamos más, pero algo pasó y él se fue alejando. Entonces yo siempre pensé que le parecía demasiado bruta para su estatus. Además, él nunca valoró que yo trabajara desde los 14 años en Televisa. Siempre me regañaba y me decía: “Silvia y yo trabajamos desde los 12, tienes que ganarte la vida”. Pero yo sí trabajaba, solo que quizá las telenovelas (en Televisa) para él eran algo que no valía un centavo.

Usted trabajó en Televisa cuarenta años y empezó desde muy chiquita.

Mi mamá me cobraba todo en la casa. Una vez que yo empecé a salir con personas, me dijo “Si te crees muy grande, me vas a pagar a la sirvienta, la que lava la ropa, la comida, la luz, el gasto y todo”, y me mandó a Televisa. Entonces yo iba a la escuela y luego a trabajar. Hablaba con mi papá ocasionalmente pero no había nada que yo hiciera para que mi papá me felicitara. Le mandaba mis calificaciones de Nueva York, puros perfectos, todo con honores, pero nada lo movía a decirme felicidades. A veces mandaban unas flores que seguro mandaba la esposa. Creo que ese es mi gran trauma y desesperación. Nunca logré llegar a algo que le interesara.

¿Cómo era la relación de sus padres?

Muy pacífica, muy tranquila, pero no tengo muchos recuerdos de ellos porque siempre estaban de viaje. Me dejaban botada, o con Gabo que era mi nana (risas), o con mi abuelita.

¿Qué tal era el premio nobel como nana?

Mis padres iban por Europa y me dejaban con los Gabos en Barcelona. Yo me divertía mucho porque no había reglas en esa casa. Me encantaba que el Gabo y la Gaba solo nos daban de comer baguettes con mantequilla. Yo estaba muy feliz de que no me hicieran comer pescado o leche. Un día le pregunté a Gabo por qué solo me daban eso de comer y me respondió: “porque siempre tenías hambre y era lo más fácil. Nada más darte un cacho de pan con mantequilla”.

¿Qué más recuerda de su relación con Gabo?

Me acuerdo más de Gabo que de mi papá. Eran uña y mugre con mi padre. Se juntaban para arreglar libros, para limpiar las mesas, para lo que fuera. Gonzalo y Rodrigo fueron los primeros amigos que conocí. Nos bañaban a todos en la misma tina, y yo decía que Gonzalito era mi novio. Recuerdo que yo les veía algo raro ahí y decía “yo quiero tener uno como ellos” y me decían, “ya te crecerá”. Pero me quedé esperando a que creciera (Risas).

¿Y con Mercedes?

La Gaba no tenía bronca de nada. Era lo más alivianado que pudiera existir. Creo que se parecía en algo a mi mamá, pero sin rencores y bien centrada. Fue la única persona que estuvo hasta el último día de su vida en contacto con nosotros. Todavía con mi hermana Julissa nos íbamos a comer con Gabo y la Gaba de vez en cuando. Cuando saqué el libro, la Gaba estaba calladita pero a mí me llamó a decirme: “felicidades, qué padre que hayas sacado esto”. De hecho, hay varios del mundo de la literatura que me llaman a decirme en secreto “oye, qué padre” pero voltean para allá y dicen “Qué horror, cómo se atrevió a hacer esto”.

¿Ellos la apoyaron en publicar las memorias de su madre?

El Gabo ya estaba muy ido, pero Mercedes estaba a favor de que yo peleara por todo y que ganara mi lugar. Me aconsejaba y siempre me andaba guiando si le preguntaba cosas. Estaba más de mi lado que del otro, pero a fin de cuentas el otro mundo de la literatura siempre gana.

Dice que ha habido mucha gente que se opuso a publicarlas. ¿Por qué?

Siempre hubo varias razones. O porque mi mamá habla de sus épocas de prostituta o porque se hablaba mal de la abuela Julia. Salía mi hermano y decía que no, “que a mi mamá no van a decirle puta”. Por el lado de mi papá, el libro me ha costado toda la relación con su esposa Silvia. Ella se dedicó a cuidar la imagen del marido importante y creó un señor Fuentes que a mí no me convence. Es como un caparazón pero el verdadero Carlos Fuentes fue el que estuvo con mi mamá cuando se la pasaba de parrandas y desmadre. Entonces sí me ha costado mucho publicar. Cuando quise sacar las cartas que mi papá le escribió a mi mamá, no me lo permitieron. Legalmente por cien años pertenecen los derechos al autor, así que son de mi papá y él le dejó todo a Silvia.

Su editora dice que casi nadie quería publicarlo

El libro fue pasando por una cantidad de procesos. Deborah (Holtz, la editora de Trilce) fue la única que se atrevió a editarlo. Por ejemplo, los de Penguin Random lo tuvieron pero como ahí publicaba mi papá, pues con que Silvia los llame y les diga que no, pues no.

¿Cómo es su relación con Silvia?

Siempre fue decente y nivelada pero con todo lo del libro se ha reventado. Ya me ha declarado casi la guerra. Con ella nos fuimos muy unidas cuando era más chica porque no había nada que se interpusiera. Era mi amiguita. Iba yo a visitarlos. Salíamos, viví un año con ellos en Estados Unidos y me la pasé muy bien porque vivir con mi mamá era difícil.

¿Cómo era la relación entre Silvia y Carlos?

No sé si aquí no usan el término mandilón, es que la mujer te controla y te maneja. Mi papá era muy así. Era un muy buen hombre –no un buen papá– pero era un buen hombre que era muy inseguro y para protegerse de eso, se hizo un caparazón muy grande. de amabilidad y de cortesía y de lo que debe ser, pero no de lo que él realmente era. Yo pienso que Silvia supo manejarlo muy bien, ella se ocupaba de todos los problemas, ella era la que traía los pantalones de la casa.

Dice que no pudo publicar las cartas que Carlos le escribía a su madre por prohibición de ella.

Mi ilusión era poner las cartas tal cual, son una belleza, llevan dibujos y la forma en la que se expresaba mi padre del país, de las mujeres, normal. Ahorita está harta de que yo siga con el libro, pero le pedí que leyera las cartas completas y tachara todo lo que realmente no quisiera que se viera. Si queda la esencia de mi papá, lo podemos hacer juntas. Mi interés no es monetario. Es que esto es un tesorito y no hay que dejarlo ahí. Y aceptó. Ahorita estoy en sus manos.

¿Este libro le ha permitido resolver su molestia y reconciliarse con su madre?

No, ese enojo lo sigo teniendo igual, pero he aprendido a conocerla más. Conocer la vida de una persona, analizarla, releerla, me ha permitido entenderla más. Y a mi papá también. Ella tenía una versión de él que está aquí en el libro y yo lo respeté, pero las cartas que él le enviaba contradicen muchas cosas de su relación y me di cuenta de eso. Mi madre me hizo odiar a mi papá y resulta que sus cartas demuestran lo contrario.

¿Recuerda qué fue lo último que le dijo Carlos?

Sí, siempre lo repito en mi cabeza. Yo me sentía brutísima con él pero un domingo subí a su estudio que estaba como cinco pisos arriba de su casa en México. Él vivía fuera de México y pasaba como tres meses al año. Yo solo lo veía cuando me daba cita. No podía marcar el teléfono y decirle “papá, estoy aquí afuera”. No, primero contestaba la sirvienta que te pasaba la secretaria y si bien te iba la secretaria, te pasaba con Silvia y ella nunca me pasaba con él, a menos de que le urgiera algún documento que yo tuviera. Bueno, ese domingo cuando subí a su estudio me dijo: “Oye Ceci, estaba buscando la capital de un país extrañísimo, ¿Sabes cuál es?” Y yo le contesté rápido. Y él respondió, “sí, mira, en tu sabiduría, sabes más”. No le contesté que me gusta ver Amazing Grace y siempre pasan por ahí esa ciudad, así que por eso lo sabía. Era la primera vez que sentía que no era retrasada mental. Esa fue la última vez que lo vi. Al día siguiente ya no estaba. Murió esa noche y al otro día me habló un doctor del hospital.

¿Qué les diría a sus padres ahora?

A mi mamá, le diría que ahora sí la entiendo. A mi papá, me gustaría preguntarle qué pasó, qué hice o qué no hice para que me cerrara detrás de una puerta con cara de “la apestada”. No sabes cuánto hice para tratar de darle gusto y nunca lo logré. Pensé que con este libro le daría gusto. Creo que él está contento, pero desde su casa, su familia y todo el mundo literario mexicano que se ha atrevido a leerlo, me han dado la espalda. Como que rompí la regla básica de la literatura que era cuidarse las espaldas unos a otros, mentir unos por otros y me tienen horror.

Más allá del escritor del boom latinoamericano, ¿cómo define a Carlos Fuentes?

Como un señor que era muy divertido, muy simpático y muy mujeriego, que se la pasó muy bien hasta que decidió ponerse una careta enfrente para ganarse un respeto. Creo que sería más respetado si hubiera sido lo que él realmente fue.

Más allá de la hija de Carlos Fuentes, ¿quién es Cecilia Fuentes?

Soy como un animalito, solo quiero expresarme sin miedo, quiero hacer lo que quiero que es escribir y dibujar y estar en el campo y que no me estén deteniendo. No hay que sufrir tanto con las apariencias. Yo todavía veo a Silvia y enseguida me calla. “Es que la ropa sucia se lava en casa, no hables”. ¿Pero por qué? Yo no tengo lavadora, yo lavo en los lavaderos. Lo que no quieren que cuente, no me lo cuenten porque no voy a verle nada de malo.

Siento que este libro es como una carta de amor en el fondo para sus padres.

Sí, mi libro es es amor. Muchos me han criticado que cómo he podido hacerle esto a mis padres pero a mí me gustan así. No es venganza porque mi papá me haya ignorado o por lo que no me haya dado mi madre, no. A mí me parecen muy divertidos así como eran y lo que quiero es que el mundo sepan cómo eran y que no se vayan con la pinta de la señora gruñona o mala actriz o el Carlos que era perfecto. A mí que me critiquen lo que quieran. Cada edición tiene algo diferente y ya haré la continuación. La otra versión, la que vivió la ‘escuincla’ que lo vio todo. Bueno, si es que me dejan escribirla.