DEL OTRO LADO DEL CHARCO/ Por Ana María Castillo

LA SUCIEDAD DE LA NIEVE

Cuando visité por primera vez Providence -tal como dije en una de mis “historias charquísticas”- la impresión no fue muy bonita que digamos, ya que días antes había caído una gran nevada y el panorama no pintaba agradable, sin embargo, así como muchas cosas no duran para siempre, toda ella terminó derritiéndose hasta regresar a la normalidad y pude apreciar la ciudad en todo su esplendor.

La nieve es muy hermosa y romántica, así la describo, así la percibo, especialmente en el instante en que va cayendo, pues la blancura de sus copos me eleva a pensamientos sublimes y hermosos propiciando sensación de paz, sin embargo, la cara opuesta de la moneda muestra luego de unos días, que, si no se deshace por alguna llovizna, se compacta y entonces la contaminación del aire hace que cambie a un color grisáceo, ¡nada que ver!

El frío que le acompaña y el tener que papearla del frente de nuestro entorno o de encima de nuestro vehículo, así como el peligro cuando se vuelve hielo duro y resbalosa, realmente molesta. Pero en la vida nada es perfecto, únicamente Dios y a ÉL agradezco la oportunidad que me ha dado de verla personalmente, sentirla, tocarla y hasta en ocasiones imaginarla como helado de coco tierno, ya que en mi niñez siempre soñaba con que esto ocurriera y no quedara solo en el deseo mientras la veía en fotos, tv o cine.

Una noche de invierno, de esas que te vas a dormir con la esperanza de que al día siguiente el “weder” se haya equivocado en su pronóstico de que caerán 14 pulgadas o más, pero realmente quien se equivocó fuiste tú porque en vez de 14 cayeron 20, no tuve más remedio que levantarme a “dizque” trabajar, sin embargo, cuando me asomé a la puerta lo primero que pensé fue “salgo o no salgo” y es que no hay peor cosa que la duda en estos casos; en fin, la cosa estaba tan difícil que terminé quedándome en casita, acurrucadita y mirando Netflix.

Par de semanas después todavía quedaban restos de la susodicha por todas partes, pues hizo mucho sol y no se derretía ni con sal, hasta se habían convertido en montañas duras y grises por el hollín de los vehículos, ni sombra de la blancura de los primeros días y entonces recordé el título de aquella película que vi basada en hechos reales, precisamente donde había mucha nieve y que seguro alguno de ustedes ha visto, la cual asocié inmediatamente a mi entorno y dio como resultado el título a este artículo: “LA SUCIEDAD DE LA NIEVE”.

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