El cine sin palabras de Cormac McCarthy

Dos obras maestras destacan en la filmografía basada en las novelas de Cormac McCarthy. En lugar de excepción, No es país para viejos, de los hermanos Coen, y un peldaño más abajo quizá, La carretera, de John Hillcoat. En los dos casos, se impone la prosa del autor por encima de cualquier esfuerzo en la puesta de escena, ajena a todo alarde visual o compositivo. El reto consiste en dejar escuchar la palabra, siempre evocadora, nunca solemne; algo lúgubre y, pese a ello, iluminada. La prosa de McCarthy discurre por la imaginación del lector/espectador sin adjetivos, sin más descripción que el pautado y meticuloso listado de cada acción. Sus personajes hablan por lo que hacen; su psicología está en la palma de las manos. Y por ello, y pese a los eternos y profundos monólogos, pese a las demoras en la recreación de los espacios siempre infinitos, el lector/espectador tiene en todo momento la rara sensación de encontrarse ante lo que se podría llamar, si eso fuera posible, una novela/película muda.

Si tomamos como referencia la película de los hermanos Coen que encumbró a Javier Bardem en la piel del despiadado Anton Chigurh como uno de los peores (o mejores, según se mire) villanos de los que ha sido capaz el cine, no es difícil caer en la cuenta de que el mayor mérito de los directores fue desaparecer. La idea en todo momento durante todo lo que dura este western elegíaco no es otra que acompasar la imagen con el poder de cada una de las frases talladas a escoplo. Lo que McCarthy quiere contarnos es que, desaparecidos los valores que soportan el terreno mítico e irracional de ese lejano Oeste habitado por titanes, sólo queda la más desoladora barbarie. Nuestra barbarie.