VISIÓN PROPIA/Ricardo Vega

LENGUA Y CONCIENCIA

Hablar y escribir define igual o más a una persona que su forma de pensar y actuar. Pero para bien o para mal, el mundo cambió. Tanto y tan velozmente, que la anterior afirmación podría carecer de la más mínima importancia.

Con el surgimiento y expansión de la Internet renace una cultura de estereotipos y modismos que dejan a cualquiera despalabrado.

Esto, al margen de las ancestrales y sintomáticas deficiencias formativas, culturales, propias del sistema educativo tradicional del llamado tercermundo.

Y que se reflejan en los generadores de contenidos. Que son los que alimentan el quehacer, la interacción y los sistemas de creencias.

Nadie sabe dónde empieza el mal, si en las palabras o en las acciones. Sin embargo, cuando las palabras, la lengua, se corrompe y los significados se vuelven insulsos, el sentido de nuestros actos y de nuestras obras terminan resultando ser similares.

Seducidos por las bondades de las redes, el respeto a la anatomía de la Lengua Española enfrenta un proceso de transformación “viral”, donde más de dos mil cien millones de usuarios han asumido, comparten y celebran el uso de una modalidad discursiva que hasta hace poco considerábamos absurdas e inadmisibles.

Como entidad viva, las redes se han convertido en el espejo preferido de la Lengua.

No obstante, las lenguas las crean y enriquecen los hablantes.

Ya son comunes en las pantallas de nuestros aparatos electrónicos las supresiones de grafemas, de pronombres, artículos y otros componentes de la oración.

Textos como “qan2 yegue me tiras”, star, scribir. 

Se suprimen la ‘q’ y ‘ch’ y la ‘z’; se usa la ‘y’ por la vocal ‘i’ o por la ll, dependiendo del contexto, revitalizando las contracciones abordadas por Pedro Henríquez Ureña en El Español en Santo Domingo.

Las tildes pierden su valor de uso. Y aunque en primer momento nos resultan molestosos, y quizás al recibirlos de repente ni los entendamos, poco a poco hemos ido integrando estas mutaciones a nuestros códigos lingüísticos.

Del mismo modo que se crean verbos, como «tuitear», «googlear», entre otros.

Aunque parecen recientes, tamizados por el cristal mágico de los avances tecnológicos, los antecedentes de esta modalidad surgieron con el telégrafo (siglo XIX)

Se eliminaba el uso de artículos o determinantes y se potenciaba el uso de sufijos para hacer más entendible y económico el mensaje a emitir.

La misma economía textual, pero sin audio ni imágenes, que se practica hoy día.

El diálogo prescinde de entonación. La expresión corporal se suple con el uso de emoticones, o con la duplicación de las mayúsculas.

En este escenario, saber comunicarnos en dependencia del contexto y tiempo no es tomado en cuenta como señal de Cultura.

Un buen número de entendidos considera estas modalidades un empobrecimiento expresivo.

Esto porque existe un vínculo inseparable, recíproco, entre el lenguaje y la evolución de la conciencia.

Este vínculo depende de la capacidad del individuo de interpretar esos símbolos y formas que peculiarizan la Lengua. Ese significado y significante que sólo ella enaltece.

El autor es periodista y escritor/canal de Youtube: Visión Propia